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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



sábado, 14 de febrero de 2015

Pobres gentes, de Dostoievski: cuatro notas de lectura



I.
Un pasaje de Pobres gentes detuvo mi lectura: el ataúd del estudiante Piotr Pokrovskii traquetea sobre un coche de caballos al trote, en dirección al cementerio de Volkov, en San Petersburgo. Llueve, una brocha gris lo tiñe todo. Tras el carro, el viejo y humilde padre del estudiante arrastra los pies solo y desesperado, su llanto le atraganta, el gabán lo lleva repleto de los amados libros del hijo, cuando alguno cae al fango, lo recoge, y prosigue. Al doblar la esquina desaparece el coche, el padre… y nuestra visión. No hay más. ¡Ah! Tan definitivo es el golpe de ver como el de no ver, de mostrar como el de no mostrar. Nunca somos más inconscientes de cómo estamos viendo a través de los ojos de Dostoievski, que cuando más modela nuestra mirada. Porque ante este atisbo de tremenda verdad moral, tan artísticamente mostrada, vemos y la verdad nos hipnotiza.

II.
Varvara Aleksiéyevna, testigo y narradora de la escena, deja allí de escribir. Punto y aparte. Durante esas fracciones de segundo en que Dostoievski nos ha dejado solos con la imagen amputada, hay asombrosamente tiempo, una eternidad de tiempo, de tiempo que no se mide con un reloj. Es un tiempo de lectura, pero de ese tipo de lectura que nos pone en una extraña dimensión, incómoda y fascinante a un mismo tiempo.

III.
Pensemos espacialmente el alma. Sería entonces como esos lugares donde un leve ruido resuena poderoso. Digo espacialmente, pero no se trata de ver el espacio, sino de oírlo. Hay lugares que no los percibimos en sus fronteras visuales, sino por la hondura en que resonamos en ellos. Y así el alma da esa primera noticia de sí, acústica, en la lectura.

IV.
¿El alma como espacio o dentro de un espacio? Ah... Dostoievski, no tengo mejor respuesta.

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