AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

EN ESTE BLOG NO SE ACEPTAN ANÓNIMOS (YA HAY BASTANTE DESPERSONALIZACIÓN EN ESTA SOCIEDAD COMO PARA ANDARNOS CON MÁSCARAS) NI QUE SE HABLE MAL DE NADIE (SE DISTINGUE ENTRE PERSONAS -TOTALMENTE DIGNAS- E IDEAS -QUE ES LO QUE CABE CRITICAR-). GRACIAS POR SU COLABORACIÓN.

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



martes, 6 de diciembre de 2016

La nada y yo

La ciudad parece dormitar todo el día. Raro día de fiesta entre semana. No se escucha apenas nada. Y es la nada que asoma ahora la patita, la nada invisible los días de la vida laboral entre los colorines y los cambios. Pero hoy esa nada se vuelve sonora sin levantar la voz, asoma la patita sin mover un músculo. 

Yo paso todo el día con la patita de la nada sobre mi hombro, con su murmullo en mis oídos. Las teclas del ordenador suenan acolchadas, las ideas fluyen, me levanto, tomo un libro, leo, resumo, pienso. Y siento como una bendición, en suaves copos de nada, descendiendo sobre mí, sobre todas las cosas. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

El experimento del Dr. Heidegger, de Nathaniel Hawthorne: cuatro notas de lectura

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I. 
Necesitaba algo breve para leer en un par de trayectos de metro. Un cuento. Revolví los anaqueles de la biblioteca, di con Wakefield y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne. Como se revive el aroma de una agradable infusión, recordé en un todo inmatizado mis lecturas del autor: La letra escarlata, "Wakefield", "La hija de Rapaccini", "El velo negro del ministro", quizá alguno más... 

II. 
Opera, Sol, Sevilla, Banco... discurrían el metro y las páginas de "El experimento del Dr. Heidegger": una reunión de tres hombres decrépitos y una marchita dama, convocados en la casa de un doctor amigo. Un experimento que despierta incredulidad y la llamita de una pasión dormida. Quedó suspendida la historia, había llegado al Museo del Prado y quería volver a la sala de los venecianos. Los buenos libros permiten la suspensión de la lectura sin crear ansiedad; quizás es que ya no tengo quince años; quizás el cuento de Hawthorne habla precisamente de eso. 

III. 
Contemplé Cristo dando las llaves a San Pedro, de Vincenzo Catena. La sencilla acción ocurre en presencia de las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza, Caridad, alegorizadas en tres jóvenes mujeres. El espíritu es joven, dice la representación, entre otras muchas cosas. Ahora pienso en el contraste con los tres viejos de la velada en casa del Dr. Heidegger, en algún rincón de Nueva Inglaterra. Y pienso en El retrato de Dorian Gray... 

IV. 
Cierro los ojos y recuerdo aquella tarde de verano, la sala del Dr. Heidegger, al centro la mesita de madera negra con el vaso de agua, la rosa, la luz... representados con una muda viveza que juzga frágiles las vidas de los personajes del cuento. Objetos que dicen su estoica verdad, como en una estampa de Azorín.

sábado, 1 de octubre de 2016

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias... en Ibercaja Zaragoza

El próximo martes 4 de octubre doy una conferencia con este título, dirigida principalmente a padres y madres interesados en redescubrir el valor de la lectura para la felicidad de sus hijos y para toda la familia. Será en la sede de Ibercaja de Patio de La Infanta, C/. San Ignacio de Loyola 16, Zaragoza. A las 19 h. Todos los detalles aquí.

Si estáis por Zaragoza, tenéis hijos, os gusta leer (si se dan las tres condiciones, mejor que mejor), me encantará veros. ;)

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Grandes libros, vidas grandes

En un reciente artículo de The Atlantic leí que los alumnos de grados universitarios de negocios en USA (nuestros ADE) andan exigiendo asignaturas de humanidades (liberal arts) a sus universidades porque las empresas les están exigiendo precisamente eso: "quieren trabajadores que tengan la habilidad de pensar, de escribir, de comprender el contexto cultural o histórico de cualquier decisión de negocios que estén tomando".

Me pregunto si esto se puede conseguir sin leer literatura, más aún, buena literatura. Me respondo: no; o no tan rápido, no tan amena, no tan profundamente. Cuando en los años universitarios alguien hace la experiencia de leer Antígona, o Medea, o Macbeth, o El Principito en un contexto de diálogo y motivación por aquellas cosas que más nos importan en la vida, queda "tocado": ya nada vuelve a ser igual. Sabe más, sabe que quiere saber más, quiere comprender, quiere comunicar, contrastar, compartir lo comprendido, quiere salir a la calle con su puñadito de oro e invitar a todos a algo grande. Ya no quiere bajarse de la gran vida de los grandes libros. 




domingo, 21 de agosto de 2016

Dulcia in fundo... en la escritura creativa

Decían los clásicos que lo dulce está en el fondo, al final. ¿De qué? De un camino, de un proceso. Una idea esencial de la escritura creativa es que escribir es un proceso. La tradición norteamericana de la enseñanza de la escritura conecta con la idea clásica de que hay que caminar con el deseo de llegar al final. 

Caminar así nos hace llegar a lo dulce, pero también nos hace dulces. Las asperezas, lo inservible, lo paralizante, lo tóxico... va desapareciendo cuando hay una voluntad que se despoja de lo que desdibuja la ruta, que desestima lo que aparta del proceso.

*
Descubro estos días unos tilos en un bosquecillo cercano. Mi app para identificar árboles dice que el tilo es el árbol sagrado de los antiguos pueblos germánicos y bálticos. Ha llegado una brisa y las hojas del tilo difunden un rumor, como un secreto de muchos en una lengua que aún no sé leer.

lunes, 15 de agosto de 2016

Golfo norte

Ya es tarde. Hasta la terraza del “Golfo Norte” asciende el salitre del vaho marino, entre vaharadas de eucaliptus. Un frescor húmedo se adhiere a los antebrazos. Frente al mar, a la izquierda los cabos se ordenan en la lejanía y se entonan por fajas de gris cada vez más blanquecino. El sol espejea sobre el agua en miles de láminas que se encienden y se apagan. Una malla de nubes compacta, quieta, retiene el cielo.

(Golfo Norte, en Barrika, Vizcaya)

viernes, 12 de agosto de 2016

La estepa infinita, de Esther Hautzig: cuatro notas de lectura

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I.
Un libro pide un momento: si puede ser leído a cualquier hora, de cualquier manera, pienso que debe de ser intercambiable, prescindible; pero también puede ser tan apasionante que venza la circunstancias. Para rematar, también creo que cuando se es muy joven, es más fácil tener estas experiencias de lectura hipnótica, incluso con libros de discutible calidad. Es misteriosa la lectura, ese encuentro entre la obra y el lector. Así que, si sigo afirmando que un libro pide un momento, lo afirmo con moderada convicción; quizás con reservas. Pero lo sigo afirmando, porque me parece que, con todas la salvedades, es verdad.

II. 
La estepa infinita, de Esther Hautzig, ha encontrado en mí su momento, físico y anímico. Ha sido una lectura buena. El interés humano es indudable: la deportación de la familia de judíos polacos a Siberia, la vida dura... Pero sobre todo me ha gustado la voz. Pertenece a alguien que cuenta desde décadas después. Una mujer adulta que cuenta unos años cruciales en la vida de una niña y luego una adolescente. Pienso que hay historias que solo se pueden, incluso se deben, contar mucho después de los hechos. Los hechos yacen pacientes a ese "momento de narración" justo. Justo en la vida del narrador, cuando la historia puede ser integrada en la historia más grande de quien narra. Quizás inmediatamente después de los hechos, estos todavía se resisten; podemos narrarlos, pero ejercemos una violencia sobre ellos, perdemos el sentido. Creo que habitualmente los hechos piden un periodo de paciente diálogo para ser asimilados, y los asimilamos al narrarlos. Esto es lo que supongo, y me cautiva, de La estepa infinita.

III. 
Por algunos momentos, la narración se deja llevar por detalles y anécdotas, de algún modo poco relevantes, aunque entretenidos. Pero también es verdad que la autora está contando los hechos, y así la narración transmite ese "efecto realidad" que cualquier puede reconocer porque le recordará el transitar de sus propios días, la impredictibilidad, la condensación inopinada de acontecimientos problemáticos durante una temporada y su contraste con épocas de atonía, de iluminación, de gozo.

La parte final es la que más me ha gustado, pero su buen efecto resulta en buena medida del ritmo contrastante de lo anterior. Creo que cuando Hautizg se permite alguna pequeña conclusión, sabia, le da una especial hondura a la anécdota narrada. Algunas veces no le hace falta, basta con la narración de los acontecimientos y el blanco de los espacios en la página.

IV.
¿Heroísmo de lo cotidiano? ¿Lo ordinario en lo extraordinario? Una sabiduría recorre las páginas... tan acostumbrados como estamos a narrativas-río, rebosantes de detalles, líquidas y sin cauce a alguna esperanza existencial, al descubrir una narración como La estepa infinita podemos experimentar un consuelo. Narrar desde un alejado "momento de narración", hechos tan duros, con una mirada tan humana, es un ejemplo ético para quien se plantee con sentido solidario el sentido de entregar una nueva narración a este mundo de todos. 

La estepa infinita, Esther Hautzig, Salamandra.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Wilde en San Sebastián, Guipúzcoa

De esa multitud de placeres asequibles que descuidamos por pura negligencia, he rescatado hoy el de elegir una lectura para un momento determinado. Iba a dar un paseo por San Sebastián, el tiempo para leer sería limitado, así que tomo el librito de Cuentos, de Oscar Wilde.

La luz de la primera tarde pone un granito de azafrán en todos los colores y deja una cálida bendición sobre cosas grandes y pequeñas. Una invisible mano de gigante alborota la fronda de un gran tilo y agita el sonajero de hojas. Al poco se hace el silencio y se escuchan otros sones más tenues e indefinidos. Los fondos del paisaje, mirando hacia el interior, también parecen adormecidos. 

De los Cuentos de Wilde escojo "El gigante egoísta". La nieve, el hielo, el viento del Norte, el granizo resultan aún más fantásticos bajo esta tibia tarde. El jardín del gigante es de simples y breves trazos. Jardín de cuentos, al que los lectores asentimos con una imaginación idealista. No nos detenemos a disfrutar de la oscilación nerviosa de las frondas: los jardines de los cuentos son diseñados para que no nos distraigan de la trama moral. 

“Tengo muchas flores bellas —decía el gigante—; pero los niños son las flores más bellas”. De una piscina cercana llega una algarabía infantil. La tarde continúa, la luz va borrando sus brillos, la textura de todas las cosas se concentra y adensa. “Hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso”.

sábado, 6 de agosto de 2016

Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura

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I. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar. 

II. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo. 

III. 
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich. 

IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.

sábado, 16 de julio de 2016

El alma del mundo/The Soul of the World, de Roger Scruton: cuatro notas de lectura

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I. 

A la concienzuda y delicada traducción de Rafael Serrano hay que sumar el prólogo que ha escrito como presentación al autor. Muy interesante, por la síntesis del pensamiento del inglés, su inteligente opción conservadora intelectual y cultural. Sería ahora demasiado largo argumentar que tiene poco que ver con el conservadurismo político, porque Scruton va a algo mucho más interesante, que le permite ser profundamente ecologista, reivindicador de nuestros deberes para con los animales, convicto de la atención y apertura que le debemos al cambio pues son leyes inscritas en la naturaleza y en la sociedad -nada de tradicionalismos nostálgicos y rancios-, y su loable -yo lo loo- desconfianza hacia las abstracciones utópicas que acaban cobrándose millones de muertos. Con la que está cayendo a esta ladera de los Pirineos, Scruton me parece indispensable. 



II.

Otra vitamina del libro, para combatir la anemia espiritual que pulula por esta cultura, es su argumentación y propuesta de lo biológicamente superfluo: y he recordado cuando me he detenido a contemplar unos instantes esa luz azafranada vespertina que enciende las jaras, las encinas, al volver cansado de una excursión. Ese excedente que, paradójicamente, no sobra, no puede sobrar, si la vida ha de seguir siendo digna, y que apunta a lo sagrado. O dicho con otras palabras: si eso se puede encontrar en una gran superficie, en Google, en Pixar, en un programa político... entonces el milagro aún no ha rozado tus pupilas. Por mucha sugestión tecnológica, mercadotécnica, mediática, política que se le quiera echar. "Soñar sabiendo que se sueña", que propone Nietzsche, no es soñar, es control totalitario del yo por el yo, autoterrorismo, depresión y finalmente locura. Soñar es no cerrar los párpados una vez han sido despertados por el verdadero asombro.

III.
Para sobrevivir o superar el totalitarismo biologicista, quizás baste un poco de buen gusto estético y otro poco de sencillez existencial. Ambos constantemente negados por nuestros impositivos modos de vivir.

IV. 
"Al describir una secuencia de sonidos como melodía, sitúo la secuencia en el mundo humano: el mundo de nuestras respuestas, intenciones y autoconocimiento. Elevo los sonidos por encima del ámbito físico y los recoloco en el Lebenswelt, que es un mundo de libertad, razón y ser interpersonal. Pero no describo algo distinto de los sonidos, ni supongo que hay algo escondido detrás de ellos, algún "yo" interior o esencia que se revela a sí mismo de alguna manera inaccesible a mí. Describo lo que oigo en los sonidos cuando respondo a ellos como a música. De una manera análoga, sitúo el organismo humano en el Lebenswelt, y al hacer así uso otro lenguaje, y con otras intenciones, distintos del lenguaje y la intenciones que se emplean en las ciencias biológicas." Pp. 108-109.

No podemos acariciar una enramada de moléculas, sino solo el rostro amado, aunque las moléculas sigan estando ahí. No podemos quedar profundamente conmovidos por un flujo de ondas, sino por el Vals nº 2 de Shostakovich, aunque la ondas sigan fluyendo. Y nos deshumanizamos si no podemos acariciar y ser acariciados, quedar conmovidos y conmover, como un yo y un tú radicalmente afirmados. 

"... puede haber una realidad y ser entendida de más de una manera" p. 108. Este modo de comprender es la propuesta del dualismo cognitivo -que no ontológico- de Roger Scruton.  



viernes, 15 de julio de 2016

Gusanos de seda, de José María Jurado García-Posada: cuatro notas de lectura






I.

Estos gusanos de seda, lo reconozco, se me han vuelto ya mariposas. Tanto tiempo sobre la mesa del escritorio, el libro se ha metamorfoseado en metáfora. A veces, la primera lectura y su primera escritura son la seda que devanamos fascinados, inmediatos, botín de fino hilo que contemplamos cortando el haz de luz; pero también está la lenta digestión diferida, que alumbra mariposas, con su libertad e ingravidez, su autonomía sin nosotros. ¿Trae el tiempo la serenidad de saber que aquellas palabras tenían su vida, su vuelo, frente al hilo áureo que ávidos nos cobramos a la lectura primera, ansiosos de nuestro decir al decir del poema? Paga de largo plazo, a veces incómoda, pero liberatoria, sabia, serena. Oro o contemplación. Las dos.


II. 

Arde el sol, implacable, como el ojo de un buitre,
igual que un as de oros, inasible y lejano.

De José María Jurado, siempre el perfil labrado de la imagen y el pulso cierto del verso que levanta el seguro eje de su ser sobre la sexta sílaba. Cuando un poeta nos trae estos mimbres, vemos por vez primera nuestras nítidas imágenes privadas, particulares, pero vibrantes de comunicación profunda. Paradoja. 


III.

Citas, músicas, imágenes, libros, lugares, efemérides... hay quien lo llama culturalismo; y puede serlo. Pero para que sea algo humanamente relevante, la cultura ha de ser trascendida hacia nuestra intimidad. Y otra vez lo universal y lo particular; el dintel dórico bajo el que nos refugiamos presas de una emoción que se apagará con nosotros. Y la intuición de que todo lo digno quede en algún lugar, en alguna eternidad. Por eso leemos. Por eso leer Gusanos de seda.


IV.

"Entre dos fotografías", poema que cierra el libro y abre... ¿qué abre? ¿una eternidad? La pietas clásica, la comunión de los santos cristiana. Un nudo en la garganta. Son sagrados los restos de la vida... y un poema levanta aquí su estela hacia las estrellas.

domingo, 6 de marzo de 2016

Negro escandinavo

Recuerdo los títulos que leí de la serie del inspector Wallander, de Henning Mankell; serán algo más de una decena. Al preguntarme qué motivó aquel interés, surge de nuevo el personaje, como un volumen bien construido: una doliente humanidad, vibrante, sobre un plano oscuro, tremendo. Este contraste, lo veo, era una estructura sólida.

Tras sesentaypico páginas dejo hoy de leer otra novela de una autora de este mismo género negro escandinavo: el segundo plano se adelanta hasta hacer que las truculencias, mezquindades, las sordideces inanes, los recursos de "efecto realidad" -como escribía Barthes-, aneguen los endebles trazos humanos que parecían prometer un conocer relevante.

Oscurece en la tarde, de llamativa belleza: vistos en perspectiva, los cúmulos se apelmazan en densas manchas, orladas de fuego.

jueves, 3 de marzo de 2016

Últimas palabras

Tras un día de lecturas, escritura, docencia, palabras, palabras, palabras... escucho un vehículo acercarse, pasar bajo mi ventana, alejarse. Oh vosotros que entráis en la noche, dejad dichosos aquí toda semántica. 

sábado, 27 de febrero de 2016

Odisea de Homero: cuatro notas de relectura

I.
Uno de los pasajes más conmovedores de la Odisea es el encuentro de Ulises y su viejo perro, Argos. Veinte años ha esperado Argos, ha subsistido en el abandono de quienes debían cuidarlo, y no lo hicieron. Ausente el amo, se relajaron los cuidados de las cosas de la casa. Así como la negra noche encierra a los hombres en sí mismos y limita sus acciones, pues de igual manera una tristeza viene pesando sobre el hogar de Ulises. Llegamos ahora a esta escena, breve, intensa: el perro viejo yace sobre un montón de estiércol a las puertas del palacio de su amo. Imagen dura, emblema de desamparo, que prepara el clímax emocional: Ulises, disfrazado, dialoga con un porquerizo; Argos, al percibir la voz del amo, yergue la cabeza, Ulises se acerca, el perro agacha las orejas y bate el suelo con la cola: más fuerzas ya no le asisten. Ulises "desvió su mirada, enjugóse una lágrima". Entra en el palacio. Argos muere. Continúa la Odisea

II.
Siempre se lee desde un lugar, hacia otro lugar. El texto es un alto, un promontorio, de transitoria habitación.

III.
Penélope reconoce a Ulises, el texto exalta el encuentro, y Homero, como suele, pinta una imagen para ese momento, intensificado así y como absuelto del sucederse del tiempo. Solo brevemente. Es el ritardando del arte para que paladeemos la dicha que, como todo, se escapa. ¿No es eso lo que hacemos con lo grande y lo bello, intentar retenerlo con imágenes, palabras, signos, rituales? 

IV.
"Odiseo lloraba, abrazado a su dulce y honesta esposa. Así como la tierra aparece grata a los que vienen nadando porque Poseidón les hundió en el ponto la bien construida embarcación, haciéndola juguete del viento y del gran oleaje; y unos pocos, que consiguieron salir nadando del espumoso mar al continente, lleno el cuerpo de sarro, pisan la tierra muy alegres porque se ven libres de aquel infortunio: pues de igual manera le era agradable a Penelopea la vista del esposo y no le quitaba del cuello los níveos brazos." (Trad. Luis Segalà y Estalella).

Pero era Ulises el náufrago, y Penélope quien acogía; Ulises, el mar, el peligro; Penélope, la tierra, las raíces. ¿Por qué ese intercambio de valores en la metáfora? Extrañamientos familiares que la gran literatura nos regala; familiaridades extrañas que establece con la vida. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Miércoles de Ceniza, de T. S. Eliot: nueva lectura

Vuelvo a abrir la edición de las obras de Eliot por el día de hoy: Miércoles de Ceniza. Era 1930 y Eliot tenía 42 años.

Porque no espero volver otra vez
porque no espero
porque no espero volver
a desear el talento de este, o la habilidad de aquel,
no me fuerzo a esforzarme ya por cosas tales
...

Una guerra increíble, un periodo tenso prebélico, un matrimonio roto, una conversión religiosa. Se dice que deberíamos olvidarnos del poeta para encontrarnos con el poema. Sí, yo también lo digo y lo enseño. Pero el lector es soberano para invitar a su lectura a quien quiera, y nadie podrá censurarle si se hace acompañar del autor. La lectura, la vida, no es para la soledad. 42 años dan para haber sido acariciado por la ceniza muchas veces, y para esas intuiciones, sutiles, que salvan.

domingo, 24 de enero de 2016

Relectura de Crimen y castigo, de F. Dostoievski: cuatro notas


Here's Looking at You, tinta sobre papel. JM Mora Fandos


I.
Si al caminar atravesase un campo, y al dejarlo a mi espalda ese campo quedase ya mío, sin más derecho que el de haberlo andado, esto me recordaría a la lectura, donde al alcanzar el último linde del libro, sé de mi nueva fortuna y que debo ser agradecido. Y si alguna vez volviese a atravesar ese campo, me sabría en casa, como al releer un libro.

II.
Leo por tercera vez Crimen y castigo, de Dostoievski. Ahora Raskolnikov y Sonia se perfilan con más matices, los cuartuchos de las pensiones se estrechan como estampas expresionistas… pero es todo, simultáneo y completo, lo que vuelve, como un mundo inquietantemente acogedor. Leo del mismo modo que Constanza, en “La fragancia del vaso” de Azorín, recuerda sus vivencias; como quien retiene la fragancia del vaso de vino que se fue. ¿Dónde van las lecturas? Se engolfan, como esencias, en alguna bóveda del alma.

III.
Cada relectura es una familiaridad y una novedad. Esta vez ha ganado relieve el personaje de Svidrigailov, su sobrecogedora personalidad, como la de tantos personajes de Dostoievski; pero me ha resultado un personaje especialmente complejo; más precisamente: mostrado de manera compleja, reservándose el narrador qué contar y qué ocultar, hasta el final. ¿Engaña Svidrigailov a Raskolnikov o se engaña? Real hasta doler.

IV.

Restaurar un alma lleva tiempo, siete años en Siberia para Raskolnikov. Lleva tiempo y un ángel, Sonia. Con qué facilidad nos disolvemos; con qué lentitud se renace, caminando por un apartado sendero, bajo los rigores de una intemperie. Personal, comunitaria, social. Ahora, al momento del hacha, se hace apropiado leer, releer, Crimen y castigo.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El buey y la mula como manera de leer: cuatro notas

I.
Releyendo un texto de Joseph Ratzinger sobre la Navidad (Imágenes de la esperanza, Ed. Encuentro), me quedo rumiando estos versos de Isaías (1,3) “Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne”. Es uno de estos preciosos ecos, sutiles hasta desvanecerse, que acuden a los relatos del nacimiento de Jesús: hasta los animales conocen lo esencial, mientras los hombres no lo ven.

II.
Ayer releía el relato “El violín de Rothschild”, de Chejov y comprobaba lo hondo que se me había colado esta historia. Quizás por la relectura. Frecuentar lo valioso engendra relaciones delicadas, difíciles de traer a las palabras; y en esa delicadeza, estas relaciones demuestran su asombrosa fortaleza.

III.
A veces añoro una comunicación más honda con todo. Un modo de mirar menos marcado por la ironía. La ironía es, frecuentemente, distancia de seguridad, ejercicio de dominio. La ironía forja una imagen de lo que tiene enfrente, y la vapulea. ¿Podemos, hoy, mirar, leer, sin ironía?

IV.

Me gustaría leer como el buey y la mula, con la confianza de Isaías, con el riesgo de que algo grande se pueda revelar en la lectura, de que la vida no sea soledad, con la esperanza de que lo Nuevo pueda tener su acontecimiento entre la sencillez de lo ordinario, como en un cuento de Chejov, como en un portal de Belén.

domingo, 6 de diciembre de 2015

La fragancia del vaso: una nota sobre Azorín, Cervantes

Este capítulo de Castilla, de Azorín, es de esas cosas que, puestos a hacer una apresurada maleta, metería sin pensármelo.


Entra la luz primera por el tamiz de los visillos. El cuarto de la fonda donde habéis pasado la noche es modesto. Una mesa recia de pino, una silla a juego, una jofaina sobre el poyo de la ventana, os acompañan. Sobre la mesa, el librito de Azorín y otro de Cervantes, La ilustre fregona. Os habéis despertado con el quiquiriquí de esos gallos arcanos de los pueblos. No habéis querido faltar a la llamada y pronto os habéis aseado y ya estáis sentados frente a la mesa, releyendo el librito de Azorín, revolviendo las páginas de la novella de Cervantes. La luz va enjalbegando la pared a la que se enfrenta la mesa, y difundiendo una claridad por el cuarto. Pero vosotros no reparáis, y seguís enfrascados en la relectura, en esa fragancia antigua. Constancica, la heroína de Azorín, salta al libro de Cervantes, y vuelve al de Azorín. Como de la mano os lleva Constancica a aquellos otros ratos de lectura, a aquella primera vez. Habéis sacado unas cuartillas en blanco y comenzáis a emborronarlas con no sabéis qué pensamientos. Llega un rumor de conversaciones del piso de abajo. Se escuchan voces femeninas, una es admonitoria y lacónica; la otra, aguda y cantarina. De la calle, sube el golpeteo rítmico de los cascos de alguna cabalgadura, que en un momento se adivina bajo la ventana, y que luego se la siente alejarse con su cadencia sorda. Pero nada de esto habéis oído. Miráis con un nostálgico sobresalto el reloj y pensáis que hay que hacer la maleta, y en ella metéis apresuradamente a Azorín y Cervantes y las cuartillas. El recuerdo, como la fragancia del vaso del vino apurado, os aturde dulcemente. Salís, una vez más, a la calle.  

sábado, 28 de noviembre de 2015

Adviento

Recuerdo, cuántos años, la preparación de la Navidad. No la escapada a por el tierno musgo para el Belén, ni al ultramarinos a por las lustrosas castañas, la redecilla de nueces, los higos secos, de prieta enjundia y piel emblanquecida, como un cuento antiguo… Lo que ahora recuerdo es el Adviento, la preparación del advenimiento del Niño Dios. Cuántos advientos… Intento recuperarlos y me desdoblo en alguien que escava y descubre entre estratos el dibujo de un deslizamiento que corta los lechos depositados por los años…
Me pregunto, al recorrer el dibujo hondo de las líneas de la palma de mi mano, si en tantas ilusiones en la vida —perdidas, ganadas, transfiguradas— no volví cada vez, inconsciente, por esa senda antigua aprendida en un Adviento de niño: “Prepararte para lo que vendrá; ponte en camino”. Como esos libros que en la lectura te recomponen de las trizas de los días, te juntan por tu nombre y te llevan hacia un brillo. Como las esperanzas.

Bueno, ya está, ya estoy, otra vez aquí: el Adviento.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Las propiedades del aire, de Enrique Baltanás: cuatro notas de lectura




I.
Este año, el poemario Las propiedades del aire vio la luz al recibir el premio Unicaja. Pasaban los meses y quería yo ponerle unas notas. Se me terminaba el tiempo, como a tantos poemas del libro, porque va del paso del tiempo, y quizás también del vaso del tiempo, donde queda y se precipita lo que no es solo el turbión de los minutos. De eso, algo de eso, va el libro. Comenzando por esa disposición progresiva —que progresista no; Baltanás y yo nos entendemos— de los poemas en una línea lumínica: de oscuridad cerrada a atardecer sereno, con refulgencias que conmueven. La luz del misterio y el misterio de la luz.


II.
Las propiedades del aire trae una propiedad legítima, la de la emoción poética: por humana y por poética, valga la tautología. Qué le vamos a hacer, los hombres y mujeres se emocionan —quizás he transgredido algún código cultural o el dogmatismo de la sospecha—, y nada grande —ni aun mediano— se ha vivido o padecido sin emoción. El poemario de Baltanás me ha hecho recordar que hay verdades sentimentales y que no son la cifra oscura de algo que con temor y vértigo palpamos en el interior de una caja oscura, en un cuarto oscuro; qué va. Son las verdades a las que se orientan los sentimientos, como los girasoles; luces que ellos mismos no pueden darse. No es que estas cosas, y alguna despistada poética, vuelvan —como piensa el espectador de la vida, curioseando un outlet retro—, sino que nosotros volvemos a ellas.
¿Línea clara?; escoplo preciso.


III.
El “Cancionerillo encontrado”, en clave de sol machadiano, es una de las secciones que más me entusiasman. Quede aquí esta copla —postestructuralistas, consulten a su médico antes de leer—:

No es soledad estar solo
sino creer que es tu nada
el principio y fin de todo.

Y otra, donde la fragilidad de nuestros quereres y comunicaciones no se trae para socavar ninguna antropología, sino para susurrar sabiduría cordial:

Soñé que un hilo delgado
tu sueño y mi sueño unía.
Y la mañana llegaba
y el hilo no se rompía.


IV.

Por poner en desordenada ristra un heterogéneo dechado: un poema mesanziano, en tono y tema, “Amor omnia vincit”; ironía, si no la hubiese, no habría Baltanás en estas páginas —pero las ironías se salvan, como todo, más allá de sí mismas, si al tirar la piedra no solo no esconden la mano, sino que muestran el corazón que las tiró—; hallazgos de imagen, alegoría de ley sin didactismos en “Reloj de sombra”; Ronsard, Pascal… Pero dejemos que el lector haga sus descubrimientos.